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Los pueblos que no tienen tiempo y el reloj suizo

12 Nov
“Todos los blancos tienen reloj, pero no tienen tiempo.”
  Proverbio senegalés.
“ Comprende que el tiempo está de tu lado y que el hecho de que alguien haya inventado un reloj no te obliga a apresurarte en la vida. Si comprendes eso, sabrás como utilizar el tiempo.” 
  Russell Means, Sioux.
“Debemos reubicar el futuro. A juicio de muchos pueblos de Oceanía el futuro reside atrás, no adelante.” 
   Margaret Mead.
Y no es el único pueblo.
En el mundo moderno el concepto de tiempo está en todas partes y muchas veces somos esclavos del reloj, pero realmente el cómo concebimos el tiempo es algo cultural, no natural.
“Los mecanismos cerebrales para crear metáforas son las mismas para todos, pero las metáforas mismas dependerán de su entorno físico y su cultura” George Lakoff, lingúista cognitivo.
Nuestra herencia cultural condiciona cómo vemos el mundo y afecta a cosas como el concepto del tiempo. Para nosotros el tiempo fluye del pasado al futuro y sólo disfrutamos de un efímero presente. Creemos que el pasado está a nuestra espalda y el futuro al frente, pero no sabríamos explicar exactamente las razones de esta creencia de una suerte de flecha del tiempo. La ciencia, mientras, nos explica que se activa la misma zona cerebral tanto para recordar el pasado como para imaginar el futuro: de las dos maneras la imaginación es la que manda.
Mientras, durante la última década, los encuentros con diversas sociedades han revelado una rica diversidad de las formas en que los seres humanos se relacionan con el tiempo.
Ocultos en la selva lluviosa del Amazonas hay una comunidad, los amondawa, que se las apañan bien con el tiempo. Según Chris Sinha, para ellos el tiempo no existe de la misma manera que existe para nosotros: su lengua y cultura no tiene el concepto de tiempo como algo que se pueda medir, contar o hablar de él en abstracto. Aunque los amondawa no viven fuera del tiempo, sino que viven en un mundo de eventos, en lugar de ver a los eventos como embebidos en el tiempo.
El equipo de investigadores incluía al lingüista Wany Sampaio y a la antropóloga Vera da Silva. Estos expertos pasaron ocho semanas con los amondawa investigando su lengua y vieron que no habían palabras para conceptos como la “próxima semana” o “el año pasado”, sólo las divisiones entre el día y la noche o entre las estaciones seca y lluviosa. Tampoco encontraron nadie que tuviera una edad. En su lugar cambiaban sus nombres para reflejar su estadio en la vida o su posición social. Así por ejemplo, un niño puede dar su nombre a un hermano recién nacido y tomar uno nuevo.
Sinha añade: “Para esta gente el tiempo no es dinero, no corren contra reloj para completar ninguna cosa y nadie habla acerca de la próxima semana o el próximo año. No tienen ni siquiera una palabra para ‘semana’, ‘mes’ o ‘año’” De hecho, muchas lenguas amazónicas, incluyendo los amondawa, rara vez tienen números más allá de cinco y si no se tienen números no se tiene al tiempo como un objeto abstracto que se pueda medir.
“El tiempo tiene más que ver con la experiencia que con algo con lo que hayamos nacido. El único reloj biológico es el que hace que nuestros cuerpos envejezcan. Todos nuestros conceptos complejos del tiempo son invenciones culturales, una suerte de tecnología de la mente.”
“Los babilonios inventaron el día de 24 horas y la convención de los 60 minutos en una hora y de 60 segundos en un minuto, y estamos tan regidos por el reloj y el calendario que no nos vemos reflejados en ello. Pero nuestra noción de tiempo es una espada de doble filo. No tendríamos los beneficios de la compleja sociedad fuertemente tecnológica sin él. Pero si lo tenemos, como ya sabemos, es una carga y una fuente de estrés en nuestro moderno estilo de vida de 24/7.”
Pero los amondawa no son los únicos que nos pueden demostrar otra forma de relacionarnos con el tiempo. Algunas lenguas, como lacamboyana, no tienen tiempos verbales, los verbos no se conjugan, son invariables. Se podría decir que en esta lengua no hay tiempo. En camboyano el futuro se forma con la partícula “neng”, el pasado con la partícula “ban”. No existe pasado simple, pasado perfecto, imperfecto, pluscuamperfecto, etc.
A veces el concepto de tiempo que se tiene está relacionado con nuestro propio cuerpo. Para los aymara, que viven en los Andes, el tiempo fluye desde la espalda, pues lo que está detrás no lo conocen o recuerdan y lo que está al frente (el pasado) es lo que se sabe o se ve.
Para la remota comunidad aborigen Pormpuraaw de Australia el tiempo corre a lo largo del eje este-oeste. El pasado es el este. El tiempo para los Pormpuraaw fluye de izquierda a derecha si están mirando al sur y de derecha a izquierda si miran al norte (recordemos que en el hemisferio austral la trayectoria del Sol se sitúa en el norte, así que este “flujo” sigue al Sol). Fluye hacia el cuerpo si miran al este se aleja del mismo si miran al oeste.
Para lo chinos mandarines el tiempo es a veces representado a lo largo de un eje vertical con el pasado por encima y el futuro por debajo.
Para los yupno de Papua New Guinea, el tiempo fluye cuesta arriba y ni siquiera es lineal.
Rafael Núñez pasó un tiempo en la localidad de Gua conviviendo con sus habitantes y notó que hacían determinados gestos a la hora de hablar del pasado o del futuro. Para estas personas el pasado es siempre cuesta abajo en la dirección de la desembocadura del río local. El futuro, por otro lado, es hacia el nacimiento del río que está cuesta arriba visto desde Gua. Esto, además, era independiente de la dirección en la que estuvieran mirando.
Núnez cree que la explicación puede ser histórica. Los antepasados de este pueblo llegaron por mar y subieron hasta los 2500 m de un valle entre montañas. Así que las tierras bajas representan el pasado y, por tanto, el tiempo “fluye” cuesta arriba.
Es la primera vez que se documenta un concepto temporal ligado a los accidentes topográficos del terreno.
El aspecto más raro de su concepto de tiempo es la forma de la línea de tiempo. Como la aldea de Gua la fuente del río y su desembocadura no forman una línea recta el flujo temporal que asumen tampoco es lineal.
Pero dentro de sus casas los accidentes del terreno desaparecen y la línea temporal parece ser más recta, así que siempre apuntan hacia la puerta de sus viviendas cuando hablan del pasado y lejos de la misma cuando hablan del futuro. Esto se podría deber a que las entradas de sus viviendas están siempre por encima y uno tiene que descender (hacia el pasado) al salir de la casa.
Y si esto resulta muy raro, echémonos un vistazo:
Frederick Taylor, en plena revolución industrial, obsesionado con la eficiencia absoluta en las fábricas, llegó a cronometrar el tiempo de los movimientos de sus trabajadores: abrir y cerrar cajones de carpetas, sin seleccionarlos: 0,04 segundos; levantarse de la silla: 0,033 segundos; moverse en la silla hasta un escritorio adyacente, distante a un metro: 0,050 segundos.
El antropólogo Allen W. Johnson apunta que, paradójicamente, “como resultado de producir y consumir más, tenemos menos tiempo.Esto funciona así: a mayor eficacia en la producción, cada individuo debe producir más bienes por hora. Y si aumenta la productividad, para mantener activo el sistema, debemos consumir más bienes. El tiempo libre, entonces, queda convertido en tiempo de consumo, porque en sociedades como la nuestra, el tiempo que no se dedica a la producción o al consumo es considerado cada vez más como una pérdida”
Para raros,
nosotros.
Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj.
Julio Cortázar.
Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan –no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
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