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WhatsApp: el caramelo envenenado que controla tu vida

03 Jul

Desde el triunfo del imperio de las redes sociales y la consolidación de la tecnología 3G en la telefonía móvil, en la caverna de Platón ya no se cabe. Tan apretado se está, que esta mañana subiendo al tren le he dado un codazo sin querer a la chica de detrás, en la cara, mientras ella enfilaba el escalón absorta en su iPhone.
– ¡Aaauu! – grita ella con una entonación pueril.
– Lo siento mucho, no te he visto, ya sabes – le respondo.
– Oye, ¿estás bien? – insisto en ver que no me dice nada.


Pero no hay respuesta. Vuelve a estar pegada al móvil, tecleando a toda velocidad. Enlatados como sardinas, la tengo pegada a mí y no puedo evitar echar una ojeada a lo que sea que escriba en el celular que requiere tal concentración. Habla por WhatsApp: “Me acaban de dar un codazo en toda la cara”. Copia el texto, abre otra conversación, lo pega: “Me acaban de dar un codazo en toda la cara”.
Hace poco más de un año un hombre importante de Silicon Valley, Jan Koum, ex director de operaciones de Yahoo, se convirtió en el héroe de la caverna al crear esta aplicación. WhatsApp traspasó la última frontera: mensajes gratis, sin límite alguno, a cualquier hora del día y con la posibilidad de adjuntar imágenes o vídeos, con todos los contactos de tu agenda que también se hayan descargado la App. Enviar SMSs es, desde entonces, como comprarse CDs y escucharlos en el Discman. Ya en 2010, los ingresos de las operadoras por SMS descendieron un 4% respecto al año anterior y se rumorea que a finales de este año las pérdidas pueden cuadriplicarse. Y es que, ¿quién no se decanta por un Smartphone al cambiar su viejo móvil? Y ¿quién tiene Smartphone sin WhatsApp?

Yo, por ejemplo. Y entiendo de que por el hecho de renunciar a este caramelo en los tiempos que corren, donde si no te comunicas constantemente no eres nadie (en la caverna, al menos) y donde el dinero no abunda, penséis que soy un poco ‘rarito’. Aguanto cada día varias peticiones para que me lo instale…
-¡Si no te pones WhatsApp ya, paso de contestarte los mensajes, egoísta de m*****!- me decía el otro día uno de mis mejores amigos.
-Por favor, cariño, mándame SMSs si quieres, pero deja que te conteste por WhatsApp, que me sale gratis… – insistía mi ex-novia antes de ver claro que esta situación nunca se iba a producir.

Y es precisamente porque se trata de una cuestión de coherencia, que lo tengo muy claro: No pienso aceptar un caramelo envenenado.

La pregunta debería ser:

¿De verdad es gratuita esta aplicación?

La respuesta es NO. De hecho, es carísima. El precio que pagas (aparte de la tarifa de Internet que hayas contratado) es tu intimidad. Automáticamente después de instalarte WhatsApp, dejas de ser el propietario de la fracción de tu vida que allí compartas. Todas las conversaciones y archivos intercambiados pasan a ser propiedad de WhatsApp Inc. Además la aplicación realiza una radiografía de tu terminal, identifica los contactos que tienen el programa y los copia, trazando un mapa de conexiones, una red social de hecho, solo visible por la empresa. Por si fuera poco, aceptando las condiciones de uso consistes expresamente que tus datos personales sean transferidos a EE.UU. y se les aplique la legislación de aquel país, mucho menos protectora con la intimidad de las personas que las políticas de privacidad europeas.

Pero lo más terrorífico del tema lo descubro hablando con un amigo informático, experto en aplicaciones. Es la forma en que WhatsApp almacena y gestiona tus datos. Si observamos desde dentro la estructura de ficheros de la aplicación llegamos a dos ficheros llamados ‘msgstore.db’ y ‘wa.db’. Estos ficheros están en un formato llamado SQLite. Si los importamos con alguna herramienta que permita ojear su interior (me recomienda SQLite Manager), nos encontramos la primera sorpresa: ninguno de los datos ahí contenidos está cifrado. En ‘wa.db’ se almacenan los contactos y en ‘msgstore.db’ todos los mensajes. WhatsApp te da la oportunidad de eliminar conversaciones, pero la realidad es que estos archivos se copian en su base de datos y permanecen allí ad infinitum. La segunda sorpresa ya es la ‘bomba’: Si el envío o recepción de mensajes se produce con el GPS de tu Smartphone activado, la aplicación almacena también en el fichero ‘msgstore.db’ las coordenadas del lugar desde donde has mantenido la conversación. Además de la fecha y la hora, por supuesto.

El negocio está claro. Jan Koum (el héroe) y el resto de socios de WhatsApp Inc. pueden hacer lo que más les apetezca con toda esta información, venderla al mejor postor, un poco como Facebook. La fórmula es sencilla: a más información, más posibilidades de negocio. En esta línea, por encima de la letra pequeña está la filosofía de la empresa. Para generar millones de conversaciones diarias no basta con la gratuidad del producto, hay que lograr generar y aumentar la necesidad de comunicarse de los usuarios cada día. Esta necesidad se logra a partir del exhibicionismo colectivo cavernícola típico del siglo XXI (cuanta más gente te vea más ‘guai’ eres, p.ej: “Me acaban de dar un codazo en toda la cara”) y a través de la intrusión de tu espacio. Y es que, a diferencia de otras plataformas como Facebook, donde el usuario escoge cuando se conecta y la interacción se produce en aquel momento, la comunicación por WhatsApp directamente te persigue. Una campanilla, literalmente, llama a tu puerta, o a tu móvil en este caso, para anunciarte que alguno de tus (seguro) muchos contactos de la caverna te está contando (muy probablemente) cualquier tontería, porque es ‘gratis’ y porque te demuestra que piensa en ti, que sois ‘amigos’, por si en algún momento lo dudabas. Consecuentemente, por los mismos motivos, siempre contestas. Y Koum y sus ‘superhéores adjuntos’ van recopilando información. SU información, tal y como has consentido. Su plan culmina con la adicción del usuario a esta nueva manera de conversar.

Adiós, mundo real.

En el fondo, ¿qué más da pagar este precio si nos sentimos amados y no nos rascamos el bolsillo? Todo va bien en la caverna.

Fuente: Un mundo nuevo

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4 Respuestas a “WhatsApp: el caramelo envenenado que controla tu vida

  1. varín

    julio 3, 2012 at 10:35 am

    Por fin me entero de qué significa eso de “guasáp”.

    No tengo contratada ninguna tarifa de internet para el móvil, ya que lo uso para llamar y enviar mensajes si lo necesito, así como recibirlos. Eso los móviles que he ido teniendo lo hacen bien y me resulta suficiente y adecuado a mis necesidades.

    Abrazos

     
  2. Alberto

    agosto 3, 2012 at 10:29 am

    Extraodinario artículo que suscribo al 100%, lo peor de todo es que no tiene arreglo porque un imbécil no sabe que lo es. Este estado del mundo sólo lo cambian acontecimientos traumáticos y dramáticos. El imperio romano tambien acabó por derrumbarse, este también, aunque no lo veran mis ojos.

     
  3. Sofi

    abril 23, 2013 at 5:53 pm

    No estoy de acuerdo con el artículo. El whatsapp es lo más cerca del msn que tengo y extraño mucho (no me gusta chatear en facebook, ahi si que no hay privacidad, como se vulneró en el 2010). En mi caso, gasté un dólar para descargarmelo de la app store. Tengo wifi en casa y en varios lugares a donde voy y no gasto nada… Si no tengo wifi no pasa nada, al volver a casa continuo conversando. Un dólar al año no es nada. Además me permite estar comunicada con algunos amigos extranjeros. De verdad es muy útil, para la facu, el trabajo, amigos del cole y demás. Yo no temo que alguien use mi información, jajaja… No hay que ser tan miedoso en la vida, a menos que seas ladrón, asesino o pervertido, por mi parte quien sea que revise mis conversaciones se aburrirá de lo tan cotidiano y personal que son. Es mi opinión 🙂 igual entiendo que a algunos no les pueda gustar

     

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