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Fin del romance judío-estadounidense con Israel

24 Jun

Mayor peligro, mayor honor, esta frase podría ser una marca de la actitud sencilla e incorruptible del trabajo académico del politólogo e investigador estadounidense Norman G. Finkelstein. No hay otro judío estadounidense a quien los grupos derechistas pro israelíes y sionistas y adláteres de todo el mundo odien más que a Norman Finkelstein

Uno de sus más feroces opositores es Alan Dershowitz, profesor de Derecho en la Universidad de Harvard, cuyo libro The Case for Israel Finkelstein no solo lo ridiculizó, sino que también lo expuso como un plagio en muchas de sus partes.

Dershowitz le devolvió el cumplido mediante la aplicación de una campaña de desprestigio contra él en la Universidad DePaul, donde Finkelstein se presentaba para el cargo de profesor titular. Se logró objetivo. Finkelstein, considerado un excelente maestro por sus alumnos y un destacado estudioso de la facultad no fue aceptado para la titularidad.

El hecho de que la mayor universidad católica de EE.UU. cediera a la presión de parte de la derecha pro sionista del Likud, “Israel Lobby”, es algo que se debe tener en cuenta.

El folleto de Dershowitz se tradujo al alemán y le hizo el prefacio el periodista judío-alemán Henryk M. Broder, conocido por sus tendencias islamófobas. En ese prólogo escribió entre otras cosas: “Es cierto: Israel es hoy más un perpetrador que una víctima. Eso es bueno y así es como debe ser después de que los judíos jugaron durante casi 2.000 años el rol de víctimas y en ese lugar tuvieron malas experiencias. Los agresores suelen tener una esperanza de vida mayor que las víctimas y es más divertido ser agresor que víctima”. Finalmente, el libro no tuvo éxito en el mercado alemán, ya que sólo podría convencer a los ya convertidos.

Los ataques frontales de Finkelstein al “lobby israelí” tienen una larga historia a partir de su tesis, en la que criticaba el sionismo y su ideología. Sin embargo, mayor fue su reacción hacia el libro Desde tiempo inmemorial, de Joan Peters, aclamado en los Estados Unidos, aunque no en Israel. En un análisis detallado, Finkelstein demostró que ese libro era un engaño, uno de los muchos cuentos de hadas sionistas empeñados en demostrar el “histórico” derecho de la empresa sionista en Palestina, a pesar de todos los datos históricos.

 

Otro autor que fue desacreditado intelectualmente por el equipo de Norman Finkelstein y Ruth Bettina Birn fue Daniel Jonah Goldhagen. Su libro Hitler’s Willing Executioners (Los verdugos voluntarios de Hitler) fue muy bien recibido en Alemania. Goldhagen fue tratado como un “salvador” por ciertos círculos políticos progresistas alemanes. El “fenómeno Goldhagen” en Alemania sólo puede explicarse por una confusa conciencia política alemana. El promocionado Goldhagen fue destruido por el libro A Nation on Trial” (Una Nación en el banquillo) en el que Finkelstein y Birn presentan muchas fallas históricas del libro de Goldhagen y demuestran que su trabajo fue impulsado ideológicamente, pero carecía de base científica.

Por último, el libro de Finkelstein La industria del Holocausto creó un alboroto entre algunos representantes de la comunidad judía estadounidense. El autor argumenta que parte del dinero que erogaron los gobiernos europeos en el nombre de las “víctimas necesitadas del Holocausto” fue retenido, y que algunas organizaciones judías se embolsaron algunas de las “compensaciones del Holocausto”. Aunque el difunto conocido estudioso del Holocausto Raul Hilberg elogió el libro y habló en términos laudatorios de Finkelstein, ese libro marcó el principio del fin de la carrera académica de Finkelstein, quien perdió inmediatamente su puesto de profesor en el Hunter College y más tarde la Universidad DePaul lo utilizó básicamente para deshacerse de él.

“Si Israel se ha convertido en un estado alienado, es en gran parte debido a los judíos de Estados Unidos”, escribe el autor al final de su análisis acerca de la afinidad de los judíos estadounidenses con Israel. A pesar de ello, las relaciones estadounidenses-israelíes están experimentando un gran cambio. La propaganda sionista no es tan fácilmente aceptada por los judíos liberales como antes. Los jóvenes judíos de EE.UU. no apoyan automáticamente a Israel, cuyo gobierno continúa pretendiendo hablar en nombre de todos los judíos del mundo.

El objetivo principal del libro es lo que Steven M. Cohen ha observado de la escena judía americana contemporánea. “Para muchos judíos de Estados Unidos la política -en particular a favor de Israel y de la actividad liberal- ha llegado a constituir la principal tarea que define su judaísmo”. Según Finkelstein, Israel ya no puede contar con el apoyo ciego de los judíos de Estados Unidos. Este cambio de percepción es especialmente palpable en los campus universitarios estadounidenses. A pesar de todos los esfuerzos propagandísticos pro sionistas y pro Israel en los EE.UU., los jóvenes judíos estadounidenses, como lo indican muchas encuestas de opinión, dan la espalda a Israel y a sus políticas extremistas que ofenden a las personas democráticas y liberales.

Entre quienes se preocupan por el viraje de Israel hacia el “fascismo” está Michael Warschawski del “Centro de Información Alternativa” de Jerusalén, que brinda un informe en el cual nos encontramos con que no sólo los judíos estadounidenses son críticos de la ideología sionista y las políticas israelíes, como Finkelstein, sino también los liberales sionistas estadounidenses, como Peter Beinart y David Remnick, que están profundamente preocupados por la peligrosa, irracional y extremista política del gobierno de Netanyahu y sus socios de la coalición de derecha. Su desencanto es palpable. Para ellos, Israel tiene una gran carga de culpa por lo que está mal en el Medio Oriente.

Después de la “gloriosa” victoria en la guerra de junio de 1967, se desarrolló una relación especial entre los EE.UU. e Israel. La “luz de las naciones” se convirtió en la principal preocupación y el punto central de la comunidad judía estadounidense. Después de que el gobierno israelí decidió colonizar los territorios palestinos ocupados, la “ocupación benigna” se convirtió en un régimen de ocupación brutal. Finkelstein muestra que el público estadounidense sólo estaba rudimentariamente informado. Desde el comienzo de la primera Intifada en 1987, se ha vuelto imposible, incluso para el más acérrimo defensor de Israel, hacer la vista gorda ante las masivas violaciones de Israel de los derechos humanos.

Como muestra Finkelstein en su libro, cada vez menos judíos de los EE.UU. apoyan al Estado fundamentalmente étnico de Israel, aunque el parentesco entre los judíos sigue siendo la base principal de su relación. Lo que aleja a los judíos liberales de EE.UU. de Israel es el “secuestro” que hacen los partidarios del derechista Likud y su “lobby israelí” de la relación entre los Estados Unidos e Israel, así como sus aliados fundamentalistas neoconservadores y cristianos. Su legitimación de la política israelí choca con los valores humanos de la democrática que los judíos estadounidenses pretenden representar. Precisamente porque la mayoría de los judíos de EE.UU se adhieren a un sólido liberalismo, se aflojan los lazos con Israel. Es por eso que Finkelstein se siente optimista acerca de llegar a la opinión pública estadounidense y de la corriente principal de opinión pública judía.

Finkelstein sostiene que la conciencia del conflicto palestino-israelí cambió porque el conocimiento dio paso de la ficción a la realidad “e hizo que mantener el apoyo a Israel y tener como ideología valores liberales se hace cada vez más insostenible”. En los años 70 y 80 sólo unos pocos israelíes “esotéricos”, como Felicia Langer e Israel Shahak se expresaron públicamente en contra de la ocupación israelí y la opresión del pueblo palestino. Más tarde se les unió la abogada Lea Tsemer. Estas fueron y continúan siendo personas maravillosas y valientes. En su momento se las catalogó como marginales, pero en la década del 90 varias organizaciones de derechos humanos, como B’Tselem, Amnistía Internacional y Human Rights Watch aparecieron en la escena, escribe el autor. Y éstos no podían ser menospreciados.

Especialmente en la última década, los hechos sobre el terreno se han convertido en tan repelentes que difícilmente cualquier liberal judío estadounidense podría justificar las acciones del gobierno de Israel. Aunque el registro de las acciones de los gobiernos israelíes es desastroso, todavía hay grupos [judíos en los Estados Unidos] que tratan de encubrir las violaciones de los derechos humanos de Israel y su desprecio por el derecho internacional. Gran parte del trabajo de Finkelstein es echar luz sobre esas acciones. El Ministerio de Propaganda de Israel, Hasbará, (propaganda) libra una batalla perdida. Si Israel realmente se encontrara frente a una amenaza existencial -y no una inventada por la posible capacidad nuclear de Irán- casi todos los judíos de EE.UU., según Finkelstein, “casi seguro se unirán, y deben hacerlo, para la defensa de [Israel]“. Según el autor, un acuerdo de paz podría haberse alcanzado hace décadas, pero “Israel, con el apoyo crítico de los EE.UU., fue bloqueado, en gran parte por el lobby israelí”.

En cuatro capítulos Finkelstein muestra que la comunidad judía estadounidense ya no puede conciliar la ideología del ala derecha de Israel y sus políticas extremistas con sus principios liberales. Los judíos estadounidenses ya no pueden seguir fingiendo que no lo saben. Toda la propaganda de Dershowitz y sus compinches, y mucho menos el poderoso lobby de Israel, ya no pueden cerrar la brecha entre la ficción sionista y la brutal realidad en Palestina. Finkelstein muestra que, finalmente, los judíos liberales estadounidenses lo han comprendido. Los intentos de los grupos de presión de echar alquitrán denominándolos ‘antisemitas’ o ‘judíos que se odian a sí mismos’ ya no son eficaces.

Según Finkelstein, Israel tiene que funcionar con las mismas normas que cualquier otro país. Eso significa que el derecho internacional tiene que hacerse cumplir, los asentamientos israelíes son ilegales según el derecho internacional, Israel no tiene ningún derecho legítimo a la Ribera Occidental, tampoco a Gaza o Jerusalén, y los palestinos tienen derecho a regresar a su país. El autor menciona que el presidente Barack Obama fue criticado por Benjamín Netanyahu por no haber continuado sosteniendo al dictador egipcio Hosni Mubarak. Los jóvenes judíos estadounidenses liberales tampoco quieren volver a oír hablar de esta fatua política, según Finkelstein.

También en este libro, el autor se mantiene fiel a su postura. Se ocupa de los libros de Jeffrey Goldberg, Dennis Ross, Ginor Isabel y Gideon Remez, Michael Oren, y Benny Morris. Finkelstein aporrea al “nuevo historiador” Benny Morris porque justifica una posible “limpieza étnica” de los palestinos y aboga por un “ataque nuclear” a Irán por parte de Israel, de manera que los Estados Unidos no deben ese trabajo. “Ya no es posible conciliar el hecho de ser un historiador honesto con perpetuar la versión del Éxodo en el pasado de Israel, y ya no es posible defender a Israel sobre la base de los valores liberales. Para asociarse con la creación historiográfica de Israel, sin embargo, siempre fue necesario el reciclaje de la versión mítica del pasado de Israel y estar firmemente por la defensa del Estado de Israel (…) Si Morris se ha vuelto loco es porque aspira a ser el narrador oficial de una nación que se ha ido por el precipicio. Su degeneración ilustra claramente que, salvo recurriendo a una mezcla de mentiras y locuras, engaños e ilusiones, ya no es posible para los defensores de Israel justificar su política”.

Para mostrar la hipocresía de la llamada izquierda sionista o de los liberales sionistas, Finkelstein compara en un apéndice las decisiones del Tribunal Supremo de Israel (HCI) -considerado como un bastión del liberalismo y la democracia judía- y la decisión de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) sobre el muro que pretende separar Cisjordania del Israel propiamente dicho. Mientras que este último organismo internacional vio en esta construcción monstruosa una grave violación del derecho internacional, el HCI justifica el muro en cada decisión. “A pesar de su piadoso servicio de embellecer hacia el exterior el Estado de derecho, el servicio del HCI contraviene las leyes por razones de Estado. Además, las decisiones del HCI sobre el muro estaban plagadas de contradicciones internas. El Tribunal se sometió absolutamente a la autoridad militar del Estado, además de justificar tramos del mismo y la necesidad de emplazarlo”.

Este libro es típico de Finkelstein. Siempre se encarga de tener hierro caliente entre sus manos, pero basado únicamente en los hechos meticulosamente investigados y argumentación convincente. Con todo, muy digno de la lectura, un reto intelectual y un verdadero placer.

El doctor Ludwig Watzal trabaja como periodista y editor en Bonn, Alemania. Dirige el blog bilingüe “Entre las líneas “. Cooperó con este artículo con PalestineChronicle.com.

Fuente: sleepwalkings

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