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Archivos diarios: marzo 17, 2012

Nuevo estudio: La toxina Bt de Monsanto mata las células humanas de riñón

El “biopesticida” de Monsanto conocido como Bt no sólo desarrolla la mutación de insectos y requiere un uso excesivo de pesticidas, sino que además, nuevos hallazgos muestran que también mata las células humanas de riñón – incluso en dosis bajas.

Sorprendentemente, las supermalezas que cría el Roundup de Monsanto también tiene el mismo efecto. Los científicos han demostrado en una reciente investigación que el pesticida Bt, además del herbicida Roundup de Monsanto, presenta una toxicidad directa a las células humanas. Los resultados se suman a la larga lista de efectos peligrosos presentados por las creaciones genéticamente modificadas de Monsanto.

Estos peligrosos cultivos Bt llenan actualmente el 39% de los cultivos GM cultivados a nivel mundial, y Monsanto no parece estar disminuyendo su campaña para ampliar su uso. Dirigido por Gilles-Eric Séralini, un científico francés de la Universidad de Caen, Séralini y su equipo no son ajenos a los efectos tóxicos de Bt y el glifosato – el componente principal que se utiliza en el Roundup. Anteriormente, Séralini y otro grupo de científicos descubrieron que el Roundup está vinculado a la infertilidad, matando a las células testiculares en las ratas. El informe señala que en el plazo de 1 a 48 horas de exposición, las células de los testículos de las ratas maduras resultaron estar dañadas o muertas.

A tan solo 100 partes por millón (ppm), el bioinsecticida de Monsanto lleva a la muerte celular. Además, descubrieron que el Roundup a 57.2ppm aniquiló a la mitad de la población celular – 200 veces por debajo del uso agrícola.

Esto es preocupante ya que los investigadores previamente detectaron Roundup en el 41% de las 140 muestras de agua subterránea tomadas en Cataluña, España, que estaba realmente por encima del límite de cuantificación. Incluso en dosis muy pequeñas, la investigación indica que el Roundup parece estar atacando a su biología.

También se ha divulgado que el Roundup es perjudicial para otras formas de vida aparte de los seres humanos, está disminuyendo la población de mariposas monarca por matar las mismas plantas de las que dependen las mariposas para su hábitat y alimentación.

Un estudio de 2011 publicado en la revista Conservación de Insectos y Diversidad encontró que el uso creciente de maíz modificado genéticamente Roundup Ready y soja está contribuyendo significativamente a la disminución de las poblaciones de mariposas monarca en América del Norte debido a la destrucción del algodoncillo.

La evidencia que el biopesticida Roundup de Monsanto está perturbando la naturaleza y la seguridad de las personas por igual está clara, sin embargo, poco se está haciendo al respecto. Incluso la EPA está siendo bombardeada con llamadas a la acción, 22 expertos académicos ahora advierten a la EPA que los cultivos transgénicos están devastando el futuro de la producción agrícola. ¿Cuándo rendirá cuentas el gigante corporativo Monsanto por la devastación de sus creaciones?.

Traducción: elnuevodespertar
Fuente: activistpost.com

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Fuente: el nuevo despertar

 

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Transgénicos, amenaza para los bebés

Este estudio es de 2006. Es necesario avanzar pues seguimos en las mismas 6 años despues.

Un nuevo estudio científico mostró que más de la mitad de las crías de ratas de laboratorio cuyas madres fueron alimentadas con soja transgénica durante la gestación murieron en las tres primeras semanas de vida. Esto significa un promedio seis veces más alto que otras ratas que recibieron alimentación normal.

La noticia fue difundida el 8 de enero pasado en el diario británico The Independent, que meses antes también entregó al público un informe secreto del gigante biotecnológico Monsanto, el cual mostraba que ratas alimentadas con maíz transgénico de esa compañía habían sufrido cambios en sus órganos internos, indicando posibles daños al sistema inmunológico.

El nuevo estudio, que se estima es el primero en investigar los efectos de los transgénicos en fetos y crías, está a cargo de la doctora Irina Ermakova, investigadora del Instituto de Neurofisiología de la Academia de Ciencias de Rusia. El experimento consistió en agregar harina de soya transgénica resistente al herbicida glifosato (conocido como soya RR de la empresa Monsanto) a la alimentación de un grupo de ratas hembras, dos semanas antes, durante la gestación y la lactancia. Otro grupo de ratas recibió harina de soya no transgénica y un tercer grupo no recibió soya durante el mismo periodo. Ermakova encontró que 36 por ciento de las crías del grupo alimentado con transgénicos sufrían de peso severamente inferior a lo normal, comparado con 6 por ciento en los otros grupos. Pero lo más alarmante fue que 55.6 por ciento de las crías del grupo alimentado con soya transgénica murieron en las primeras tres semanas, comparadas con 9 por ciento de las crías del grupo alimentado con soya normal, y 6.8 por ciento en el que no recibió soya.

36 por ciento de las crías del grupo alimentado con transgénicos sufrían de peso severamente inferior a lo normal, comparado con 6 por ciento en los otros grupos. Pero lo más alarmante fue que 55.6 por ciento de las crías del grupo alimentado con soya transgénica murieron en las primeras tres semanas, comparadas con 9 por ciento de las crías del grupo alimentado con soya normal, y 6.8 por ciento en el que no recibió soya.

La doctora Ermakova declaró a The Independent que «la morfología y la estructura bioquímica de las ratas es similar a la de los humanos, lo que hace que estos resultados sean muy alarmantes… Indican que podrían existir riesgos para las madres y sus bebés».

En noviembre de 2005, el centro de investigación científica más importante de Australia, Commonwealth Scientific and Industrial Research Organisation (CSIRO), abandonó un proyecto de diez años y 2 millones de dólares para crear chícharos (arvejas) transgénicos, luego de que la experimentación en ratas mostró una reacción alérgica que consideraron podría implicar serios riesgos para el consumo humano.

El caso es muy significativo, porque al chícharo se le habían insertado genes de un frijol cuyo consumo como tal no produce alergias. La combinación tenía por objetivo hacer los chícharos resistentes a los ataques de gorgojos. Según los investigadores del CSIRO, los genes de frijol insertados en los chícharos se expresaron de manera sutilmente distinta, lo cual desencadenó la reacción alérgica. Esto muestra una vez más lo que muchos científicos sospechan, pero casi nadie recibe fondos para investigar: la transferencia de genes crea proteínas similares, pero con pequeñísimas diferencias que tienen efectos en los organismos vivos, muy distintos de las proteínas originales. Actualmente, ni la soya ni el maíz transgénico que se comercializan pasan por este tipo de pruebas en animales, que solamente se aplican cuando se trata de transgénicos de uso médico.

Paul Foster, de la Universidad Nacional de Australia en Canberra, quien dirigió el equipo de evaluación inmunológica de los chícharos, alimentó ratones con los chícharos transgénicos, notando una reacción alérgica inesperada. También expusieron ratones a esa proteína transgénica purificada, inyectándola en las vías sanguíneas y a través de inhalación. Los ratones inyectados mostraron hipersensibilidad en la piel, y los que la inhalaron sufrieron inflamación y daños pulmonares.

Paradójicamente, mientras van aumentando las evidencias de que los transgénicos tendrían impactos importantes en la salud de los consumidores, Monsanto, principal productora de transgénicos del mundo, anuncia que ha tenido resultados económicos extraordinarios. Y según las estadísticas de las empresas productoras de transgénicos, en 2005 estos cultivos se habían expandido a más de 400 millones de hectáreas en el mundo.

Lo que estas empresas no dicen es que esta expansión tóxica se produce con el ocultamiento de datos reales sobre los cultivos transgénicos: pueden causar daños a la salud, rinden menos, usan más químicos y son mucho más caros que los cultivos convencionales. A esto se agrega que los cultivos campesinos contaminados por éstos, como el maíz, sufren deformaciones y quién sabe qué más en los próximos años.

Es altamente probable que el maíz y la soya transgénica que se han colado en nuestra alimentación produzcan alergias y otros daños a la salud. No lo podemos saber, porque, además de que las empresas han saboteado con éxito el que sean etiquetados, las regulaciones para liberarlos al consumo o para cultivarlos no exigen el tipo de pruebas que los estudios científicos han aplicado en los casos referidos.

No es necesario que un producto sea bueno, en ningún sentido, para llegar al mercado. Alcanza con el poder de las trasnacionales para pagar propaganda mentirosa y comprar gobiernos y legisladores corruptos.

http://www.rel-uita.org/agricultura/transgenicos/amenaza-a-bebes.htm

 

Los Gigantes Genéticos acumulan patentes sobre cultivos para enfrentar la crisis del clima

Primero se crea el problema, manipulación del clima generando  condiciones extremas para la biodiversidad natural y a continuación se aportan las soluciones al problema creado.  El fín último, controlar la biodiversidad y la alimentación a nivel planetario.

Amenaza total a la soberanía alimentaria, a la salud y la biodiversidad

El problema: Las seis principales corporaciones agroquímicas y de semillas del mundo están solicitando en las oficinas de patentes derechos exclusivos sobre una gran diversidad de genes y secuencias genéticas vegetales, lo que les daría control monopólico sobre muchísimas plantas, cultivos y aspectos de su desarrollo supuestamente relacionados con la resistencia al estrés ambiental: problemas como sequía, calor, heladas, inundaciones, salinidad de los suelos y más. Esta tendencia podría desembocar en el control de la mayor parte de la biomasa vegetal del planeta, sin importar si ésta es aprovechada para alimentación, forraje, fibras textiles, combustibles o plásticos. Con el alegato de que están desarrollando cultivos “adaptados al cambio climático”, solución mágica a la crisis del clima, estas empresas presionan a los gobiernos para que abran la puerta a la que podría ser la más amplia y peligrosa oleada de patentes en la historia de la propiedad intelectual. ¿Pero servirán estas semillas y cultivos modificados tecnológicamente a las estrategias de adaptación que los agricultores necesitan desarrollar para resistir al cambio climático? Al contrario, estas tecnologías patentadas están destinadas a concentrar el poder de las corporaciones, elevar los costos, inhibir la investigación independiente y erosionar los derechos de los campesinos y agricultores a conservar e intercambiar sus semillas. Para los “Gigantes Genéticos”, la meta es convertirse en los “amos de la biomasa” mundial. El objetivo del cultivo de plantas ya no es alimentar a la gente, sino lucrar con la biomasa.

Los actores: 261 familias de patentes (que comprenden mil 663 solicitudes en todo el mundo), publicadas entre junio de 2008 y junio de 2010, que hacen referencia específica a una tolerancia al estrés abiótico en plantas (como la sequía, el calor, inundaciones y tolerancia al frío y la salinidad). Las solicitudes contemplan, en muchos casos, múltiples rasgos genéticos de diversos cultivos genéticamente modificados, e incluso de alimentos ya cosechados y productos para la alimentación animal. Seis corporaciones (DuPont, BASF, Monsanto, Syngenta, Bayer y Dow) y sus socios biotecnológicos (Mendel Biotechnology y Evogene) controlan 201 (77%) de las 261 familias de patentes (tanto en patentes otorgadas como sus solicitudes). Solamente DuPont, BASF y Monsanto acumulan 173 familias de patentes (el 66%).

El impacto: Las comunidades campesinas en el Sur global —quienes menos han contribuido a las emisiones de gases con efecto de invernadero— se encuentran entre las más afectadas por el caos climático.  La oleada de patentes sobre cultivos “climáticos”  —con rasgos supuestamente adaptados al clima— está absorbiendo dinero y recursos que podrían canalizarse a estrategias agrícolas encabezadas por campesinos y agricultores para sobrevivir al cambio climático y para la adaptación. Desarrollar y patentar “cultivos climáticos” es una apuesta por el control, no sólo de la seguridad alimentaria del mundo, sino también de la biomasa global en curso de mercantilización. En medio de la confusión creada por el caos climático, los Gigantes Genéticos esperan facilitar la aceptación pública hacia los cultivos genéticamente modificados y hacer más lucrativo su monopolio de las patentes. Se trata, en realidad, de darle un nuevo giro a un problema viejo: nos dicen que los cultivos modificados con genes “adaptados al cambio climático” incrementarán la producción y alimentarán al mundo. Las plantas diseñadas para crecer en suelos pobres, con menos lluvia y menos fertilizantes significarán la diferencia entre la hambruna y la supervivencia para los agricultores más pobres. Para ganar legitimidad moral, los Gigantes Genéticos se están asociando con filántropos de alto nivel (Bill Gates, Warren Buffett), gobiernos de países como Estados Unidos y Reino Unido y grandes fitomejoradores (como el Grupo Consultivo en Investigación Agrícola Internacional, CGIAR) para promover la donación de genes libres de regalías y tecnologías a agricultores de escasos recursos, especialmente en el África Subsahariana. A cambio, estos generosos donantes esperan que los gobiernos del Sur global “aligeren la carga regulatoria” que podría obstaculizar la liberación comercial de los cultivos transgénicos, y que adopten leyes favorables a la propiedad intelectual en el campo de la biotecnología.

Lo que está en juego: El mercado global de un solo cultivo tolerante a la sequía, el maíz, está estimado en aproximadamente 2 mil 700 millones de dólares, pero el Departamento de Agricultura de Estados Unidos predice que sólo el mercado global biotecnológico de las sustancias químicas y plásticos rebasará los 500 mil millones de dólares anuales hacia el año 2025.

Las políticas: No existe ningún beneficio para la sociedad cuando los gobiernos permiten que seis corporaciones monopolicen la alimentación. Los genes “adaptados al cambio climático” son el pretexto detrás del cual se oculta el incremento en la dependencia de los agricultores respecto a los cultivos transgénicos, la amenaza sobre la biodiversidad y sobre la soberanía alimentaria. Los gobiernos deben suspender el otorgamiento de todas las patentes sobre rasgos y genes vegetales relacionados con el cambio climático. Debe hacerse una investigación completa de los impactos sociales y ambientales de esas nuevas variedades no probadas. El Grupo ETC urge a los organismos intergubernamentales a identificar y eliminar políticas agrícolas restrictivas como los regímenes de propiedad intelectual, los contratos y los acuerdos comerciales que se convierten en barreras al fitomejoramiento tradicional, al intercambio y conservación de semillas, al libre acceso al germoplasma. Esto es lo último que los agricultores necesitan en su lucha por adaptarse rápidamente a las cambiantes condiciones climáticas. Las estrategias encabezadas por campesinos y agricultores para sobrevivir al caos climático y para la adaptación deben reconocerse, fortalecerse y protegerse.

Fuente: etc

 

Entrevista a la autora de El mundo según Monsanto. «La soja transgénica lleva al hambre»

© Desconocido

Reconocida por sus investigaciones sobre el accionar de las multinacionales agrícolas, la periodista francesa asegura que «si en el mundo hay 1000 millones de personas que sufren hambre, es a causa de este modelo». Está convencida de que el glifosato terminará prohibido. «¿Pero después de cuántos muertos y cuánta contaminación?», se pregunta la autora de El mundo según Monsanto. Además, por qué denunció al director de Clarín Rural.

Marie-Monique Robin (51) es autora de numerosas investigaciones. Quizás, la más famosa de ellas sea El mundo según Monsanto, publicada en 2008 como libro y documental cinematográfico, traducida a 16 idiomas y difundida hasta en las regiones más recónditas de África. En ese trabajo, la periodista francesa reveló los entretelones del agronegocio y denunció a la corporación Monsanto, líder del mercado mundial de semillas transgénicas y agroquímicos, por ocultar y falsificar información relativa a los productos que comercializa. Robin dedicó un capítulo entero al caso de la Argentina, lo que la llevó a conocer diferentes provincias inundadas por el «oro verde» y constantemente fumigadas.

«Estoy segura de que dentro de algunos años el glifosato va a ser prohibido. ¿Pero después de cuántos muertos y de cuánta contaminación? Es una bomba sanitaria», aseguró la autora, que recientemente publicó una nueva investigación sobre esta problemática: El veneno nuestro de cada día, donde se ocupa de los químicos que contaminan la cadena alimentaria. Durante la entrevista telefónica que mantuvo con Tiempo Argentino, Robin adelantó que en abril próximo se espera que el libro llegue a nuestro país.

– ¿Cuándo y cómo comenzó su interés por este tema?

– Llevo más de 25 años trabajando como periodista, con un interés particular por la cuestión agrícola, porque mis padres son agricultores en Francia. Así fue que comencé a hacer un trabajo de investigación sobre la pérdida de biodiversidad en el mundo. Cuando fui a México me encontré con un escándalo tremendo: multinacionales que consiguen patentes de semillas. Dentro de esas empresas estaba Monsanto, que en aquella época ya tenía más de 600 patentes en plantas. Allí empecé a investigar a Monsanto y a ver el tema de las patentes, que para mí es central. La única razón por la que Monsanto hace transgénicos es porque hay patentes, y eso permite que pida regalías y tenga un monopolio del sistema. Controla toda la cadena alimentaria a través de este sistema, obligando a los agricultores a comprar cada año sus semillas.

– En El mundo según Monsanto usted denunció el accionar de una de las empresas más poderosas del mundo. ¿Recibió presiones o amenazas?

– Esa era mi preocupación. Pero pasó una cosa que para mí fue una protección tremenda: el increíble impacto del material publicado. Si no me pasó nada es porque todo está justificado con entrevistas y con documentos. Yo estaba en Canadá cuando salió el documental y una de las periodistas que me entrevistó me dijo que su mejor amiga era la directora de comunicación de Monsanto Canadá. «La empresa buscó en cada página cómo te podía hacer un juicio y no encontró nada», me confesó. Por eso yo digo abiertamente que Monsanto es una empresa criminal.

– ¿Cuáles son los principales argumentos para sostener su denuncia?

– Cuando una empresa sabe que un producto es muy tóxico, es decir, que va a contaminar el medio ambiente o va a enfermar a la gente, y de todas formas hace lo posible para mantenerlo en el mercado, entonces se trata de un comportamiento criminal. Por ejemplo, en el tema del Policloruro de Bifenilo (PCB), prohibido en casi todo el mundo, Monsanto acumuló las pruebas y las escondió, sabiendo cuán altamente tóxicos eran los PCB. Por eso fueron condenados a pagar 700 millones de dólares de multa en los Estados Unidos (N. del R.: Fue por la tragedia de Anniston, en 2002, cuando la justicia comprobó que de 3516 demandantes de ese pueblo, el 15% presentaba niveles superiores a 20ppm de PCB en sangre, cuando lo aceptable es de 2ppm).

– Este tema forma parte también de su nuevo libro, Nuestro veneno de cada día.

– Claro. Allí cuento la historia de campesinos que se reunieron para hacer una asociación de más de 200 miembros. Muchos tienen enfermedades como Parkinson y cáncer. Son campesinos que manipulan tóxicos a diario. El presidente de esta asociación manipuló Lasso, un herbicida para el maíz de Monsanto, prohibido en la Unión Europea, y esto le provocó una intoxicación aguda. Cayó en coma y, después de recuperarse, se enfermó de Parkinson. La enfermedad se desarrolló muy rápidamente, el hombre sólo tiene 48 años. Fue a juicio y ganó. Monsanto fue reconocido como culpable de la enfermedad y se pudo demostrar que la empresa disimuló estudios y datos sobre el Lasso. Por eso hablo de comportamiento criminal: si no saben que tal tóxico contamina, está bien. Ahora, que lo sepan y lo oculten concientemente es terrible.

– ¿Por qué los controles sobre este tipo de multinacionales resultan insuficientes?

– Hay un problema central, que es el sistema de reglamentación de los productos tóxicos. Las empresas dicen que son productos probados y reglamentados. Todo eso es mentira: los estudios en que las instituciones gubernamentales se basan son hechos, entregados y pagados por las propias multinacionales. En general, los expertos de las agencias de reglamentación, que se supone que van a estudiar esos datos, tienen conflictos de intereses muy grandes, porque al mismo tiempo trabajan con multinacionales. Es lo que yo llamo «puertas giratorias»: funcionarios estatales que trabajan en organismos de control y luego lo hacen en las empresas, o al revés. Por otro lado, es un problema fundamental en la reglamentación de los agroquímicos la falta de transparencia y democracia. Los expertos se reúnen a puertas cerradas y ningún observador está autorizado a asistir a los debates. Los datos que van a estudiar son protegidos bajo el secreto comercial. Es una cosa increíble, porque es información toxicológica que tendría que ser pública porque afecta a millones de personas.

– En ese contexto, ¿cree que puede existir la independencia científica para evaluar a los agroquímicos?

– Es muy difícil. Los científicos tienen mucha presión y a veces pierden su empleo. Sé lo que pasó en la Argentina con el doctor Carrasco. Siempre es la misma historia. En mi último libro dedico tres capítulos a lo que se llama la «fábrica de la duda». ¿Qué implica? Si, por ejemplo, un científico independiente publica un estudio enseñando la relación entre una exposición a un plaguicida y una enfermedad, la multinacional paga a un laboratorio que saca otro estudio diciendo lo contrario. Al final, llegan los dos estudios a la agencia de reglamentación y eso se demora años y años. Mientras tanto, el producto se sigue utilizando. Es algo perverso, criminal, porque hablamos de productos que en muchos casos dan cáncer.

– Algunas empresas aseguran que los transgénicos son indispensables porque el crecimiento poblacional demanda mayor producción de alimentos.

– Es mentira. Si en el mundo hay 1000 millones de personas que sufren hambre, es justamente a causa de este modelo, que llevó a la concentración de la tierra, como se ve bien en la Argentina, donde miles de hectáreas están en manos de algunos grandes productores. Por otro lado, este sistema de producción de alto rendimiento es, en un 90%, para alimentar animales de países industriales y no para alimentar a la gente. Lo que vi en el mundo entero es que ahí donde existe este modelo de agricultura, hay pueblos acabados, porque saca del país a los pequeños campesinos, los despoja de la tierra. Con todo esto, están hambreando al mundo.

– ¿Y cuál considera que podría ser la alternativa?

– Tenemos que volver a una agricultura familiar, sin dependencia del petróleo, con biodiversidad de cultivos, que dé la posibilidad a las familias de alimentarse primero y luego vender en los mercados locales. Sacar a la agricultura de los grandes mercados internacionales.

– En esta coyuntura, ¿qué fue lo que más le impactó cuando visitó la Argentina?

– Estuve en 2005 y recorrí Santiago del Estero, La Pampa, Formosa, entre otros lugares. En Santiago estaban desmontando de manera brutal, provocando inundaciones en Santa Fe. También vimos los problemas en la salud: fuimos a escuelas donde los chicos se habían enfermado porque fumigaban frente al establecimiento. Un desastre. Pero lo que más me sorprendió fue que nadie sabía nada. Nadie sabía qué era un transgénico. Nadie se había dado cuenta de que la sojización era un desastre planificado. Porque el día que no haya más mercado para la soja transgénica, ¿cómo recuperás el suelo?, ¿cómo recuperás a las familias de campesinos que fueron despojados de sus tierras? La soja lleva a la Argentina al hambre y a la dependencia total.

– Muchos defensores del glifosato dicen que este agroquímico es tan dañino como «una aspirina». ¿Qué les diría?

– Que si dicen eso, hacen propaganda de Monsanto. Se sabe que el glifosato es un perturbador endócrino, ataca el sistema de reproducción de las mujeres y los hombres. Da cáncer, los científicos lo explican. Es un veneno muy poderoso. En Europa acaba de salir una queja contra Monsanto para revisar la autorización del glifosato Round-Up, porque se escondieron algunos productos muy tóxicos que están dentro del formulado y que nunca fueron informados ni publicados. Estoy segura de que dentro de algunos años el glifosato va a ser prohibido. ¿Pero después de cuántos muertos y de cuánta contaminación? Es una bomba sanitaria.

El desembarco en la Argentina

La soja transgénica ingresó a la Argentina en 1996, de la mano del por entonces secretario de Agricultura de Carlos Menem, Felipe Solá. Fue el segundo país, después de los Estados Unidos, en autorizar su llegada, en un proceso plagado de irregularidades.

Según relató en su momento el diario Página/12, se violaron procedimientos administrativos, se dejaron sin respuesta los cuestionamientos de instancias técnicas y no se realizaron los análisis especificados por distintos organismos. Ya durante la autorización se vio la mano de las multinacionales: el expediente administrativo estaba escrito en inglés y nunca se tradujo al castellano. Además, de sus 136 folios, 108 pertenecían a informes presentados por Monsanto. De todas formas, el 25 de marzo de 1996, Solá firmó el documento. «Si existe un país en el que la multinacional haya podido hacer todo lo que le viniera en gana sin el menor obstáculo, ese es Argentina», sostuvo Marie-Monique Robin en El mundo según Monsanto.

Clarín, La Nación y el glifosato

El 6 de marzo del año pasado, en un artículo titulado «Por qué Clarín y La Nación apoyan el uso de glifosato», Tiempo Argentino puso en evidencia los vínculos comerciales que existen entre los dos diarios hegemónicos y Monsanto.

Los casos de cáncer denunciados por investigadores independientes no tuvieron lugar en las páginas de Clarín, mientras que el diario de los Mitre encaró una campaña para deslegitimar los estudios que advertían sobre los efectos del herbicida. Sucede que ambas empresas están asociadas en la organización de la feria anual Expoagro, donde se realizan jugosos negocios vinculados con el comercio de agroquímicos, con la participación de las principales compañías del rubro.

Por otra parte, a mediados de los ’90, Héctor Huergo, director del Suplemento Rural del diario de Noble y Magnetto, fue uno de los principales impulsores mediáticos para conseguir el ingreso de la soja transgénica y el glifosato a la Argentina.

En El mundo según Monsanto, Marie-Monique Robin se refiere a Huergo como «el más firme defensor argentino» de los transgénicos, quien «animaba al gobierno a sustituir los programas de ayuda social por una cadena solidaria de coste cero gracias a una red de distribución de soja». Por entonces, el director de Clarín Rural consideraba que se trataba de «uno de los alimentos más completos que basta con hacer que entre en nuestra cultura».

Robin, quien sostuvo que «este señor tiene un papel muy oscuro en esta historia», concluyó: «Me gustaría saber cómo vive, porque no me puedo imaginar que hizo esto sólo por ideología. Aquí hay intereses muy fuertes.» http://www.ecoportal.net

Fuente: Sott